Tres poemas de Evaristo Carriego

Evaristo Carriego, admirado por Borges, cuya poesía influyó en figuras como Manzi, Cadícamo y Castillo, es reconocido por Luis Alposta como quien descubrió las posibilidades líricas del arrabal. Su obra, incluida en Misas herejes (1908) y La canción del barrio (1913), reúne su poesía, marcada por la exploración del entorno urbano.

Poema: Tu secreto

 

¡De todo te olvidas! Anoche dejaste

aquí, sobre el piano, que ya jamás tocas,

un poco de tu alma de muchacha enferma:

un libro vedado, de tiernas memorias.

 

Íntimas memorias. Yo lo abrí, al descuido

y supe, sonriendo, tu pena más honda,

el dulce secreto que no diré a nadie

a nadie interesa saber que me nombras.

 

… Ven, llévate el libro, distraída, llena

de luz y de ensueño. Romántica loca…

¡Dejar tus amores ahí, sobre el piano

… ¡De todo te olvidas, cabeza de novia!

 

Poema: Después del olvido

Porque hoy has venido, lo mismo que antes,

con tus adorables gracias exquisitas,

alguien ha llenado de rosas mi cuarto

como en los instantes de pasadas citas.

¿Te acuerdas?… Recuerdo de noches lejanas,

aún guardo, entre otras, aquella novela

con la que soñabas imitar, a ratos,

no sé si a Lucía, no sé si a Graciela.

Y aquel abanico, que sentir parece

la inquieta, la tibia presión de tu mano,

aquel abanico ¿Te acuerdas?, Trasunto

de aquel apacible, distante verano…

¡Y aquellas memorias que escribiste un día!

-un libro risueño de celos y quejas-

¡Rincón asoleado! ¡Rincón pensativo

de cosas tan vagas, de cosas tan viejas!…

 

Pero no hay los versos: ¡Qué quieres! ¡Te fuiste!

-¡Visión de saudades, ya buenas, ya malas!-

La nieve incesante del bárbaro hastío

¿No ves?, Ha quemado mis líricas alas.

…¿Para qué añoranzas? Son filtros amargos

como las ausencias sus hoscos asedios…

Prefiero las rosas, prefiero tu risa

que pone un rayito de sol en mis tedios.

 

Y porque al fin vuelves, después del olvido,

en hora de angustias, en hora oportuna,

alegre como antes, es hoy mi cabeza

¡una pobre loca borracha de luna!

Poema: El alma del suburbio

El gringo musicante ya desafina

en la suave habanera provocadora,

cuando se anuncia a voces, desde la esquina

“el boletín famoso de última hora”.

Entre la algarabía del conventillo,

esquivando empujones pasa ligero,

pues trae noticias, uno que otro chiquillo

divulgando las nuevas del pregonero.

En medio de la rueda de los marchantes,

el heraldo gangoso vende sus hojas…

donde sangran los sueltos espeluznantes

de las acostumbradas crónicas rojas.

Las comadres del barrio, juntas, comentan

y hacen filosofía sobre el destino

mientras los testarudos hombres intentan

defender al amante que fue asesino.

La cantina desborda de parroquianos,

y como las trucadas van empezarse,

la mugrienta baraja cruje en las manos

que dejaron las copas que han de jugarse.

Contestando las muchas insinuaciones

de los del grupo, el héroe del homicidio

de que fueron culpables las elecciones,

narra sus aventuras en el presidio.

En la calle, la buena gente derrocha

sus guarangos decires más lisonjeros,

porque al compás de un tango, que es “La Morocha”

lucen ágiles cortes dos orilleros.

La tísica de enfrente, que salió al ruido,

tiene toda la dulce melancolía

de aquel verso olvidado, pero querido,

que un payador galante le cantó un día.

La mujer del obrero, sucia y cansada,

remendando la ropa de su muchacho,

piensa, como otras veces, desconsolada,

que tal vez el marido vendrá borracho.

… Suenan las diez. No se oye ni un solo grito,

se apagaron las velas en las bohardillas,

y el barrio entero duerme como un bendito

sin negras opresiones de pesadillas.

Devuelven las oscuras calles desiertas

el taconeo tardo de las paseantes,

y dan la sinfonía de las alertas

en su ronda obligada los vigilantes.

Bohemios de rebeldes crías sarnosas,

ladran algunos perros sus serenatas,

que escuchan, tranquilas y desdeñosas,

desde su inaccesible balcón las gatas.

Soñoliento, con cara de taciturno

cruzando lentamente los arrabales,

allí va el gringo… ¡Pobre Chopin nocturno

de las costureritas sentimentales!

¡Allá va el gringo! ¡Como bestia paciente

que uncida a un viejo carro de la Harmonía

arrastrase en silencio, pesadamente,

el alma del suburbio, ruda y sombría!

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