En Adelaida de Paulina Vinderman, la poesía se convierte en un ejercicio de crear un espacio íntimo a través del lenguaje. Al ubicar cada cosa en su lugar, la autora construye una isla de exilio poético, donde el tiempo pierde su relevancia, proyectándose hacia el pasado y el futuro. Vinderman destaca que el lenguaje es el único lugar real, y habitarlo implica fundarlo. Adelaida construye un páramo, evidenciando el peso tangible del lenguaje en nuestra vida cotidiana.
Otra vez mi ropa cuelga de un clavo en la pared
y la precariedad se vuelve voluptuosa.
Los pescadores se han dormido
y salgo a mirar el mar.
Una cinta de acero.
Mi mar ¿se acordará de mí?
El azul medianoche, el de Caleta Olivia
y su playa sin nadie, donde encontré
mi estrella morada.
Tal vez yo necesito que perduren mis fantasmas.
El amor ahora es sólo un dolor de ciénaga,
aroma de frutos que se pudren.
En el cielo color violeta olvido las mentiras,
la traición de la muerte, las cajas abarrotadas
de cartas y fotos sonrientes.
Mi cafetera perdió su brillo y mi taza se cuarteó
pero a Imaginación, mi cabra adoptada
le bastan su maíz y mis palabras.
Resuelvo recibir cada noche como
a un acontecimiento.
Cuando el cerco de palabras se estrecha
contra mi orgullo.
La noche es inmensa y sabia, y el amor
se refugia en la sopa, las galletas para Ima
y el farol.
¿Qué es la felicidad?
Lo preguntaría frente a la clase con cierto aire feroz.